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       LA PROGRAMACIÓN  

                    Viviana Llorens

(mención especial y medalla especial concurso de  cuentos FM MAXIRADIO y grupo OXIMORON- Noviembre-2001)

 

para Alicia in memoriam

      Estaba sentado con la cabeza gacha y completamente consternado.  No era miedo lo que sentía sino sorpresa, estupor era una mejor palabra para definir sus sentimientos.  Comprendía claramente lo inexorable.  La realidad del juego se revelaba ante sus ojos y su próxima muerte se le ocurría fuera de lugar, pero al mismo tiempo cierta.  No dejaba de sorprenderlo, la sencillez con la que se sucedieran los acontecimientos para cumplir con ese fin predeterminado.  Recordaba con claridad cuando le dijeron que todos, en algún instante de la vida, establecían el momento de su muerte: fecha, lugar, modo, y que ese mensaje era grabado en el subconsciente.  Se vio riendo y descartando la posibilidad de que hubiera decidido como y cuando morirse. ¡Él amaba la vida!.

Ante la insistencia de sus amigos y con un poco de curiosidad que no quiso reconocer, les permitió que lo sugestionaran e investigaran su cerebro.  Se dejó guiar a una relajación y a una regresión en el tiempo, fue descendiendo lentamente por las negras capas de su mente, las ondas cerebrales se aquietaron junto con la respiración que comenzó a ser más lenta, más pausada. Cuando en un momento dado, le hicieron la pregunta debida, él contestó sin titubeos: a los cuarenta y un años de cáncer de pulmón.

Regresó a la realidad  pálido y confuso; supo que la respuesta había llegado en forma contundente y que había contestado con la misma rapidez con la que respondió acerca de su nombre, edad, documento, sexo, etc.    Lo tranquilizaron de inmediato diciéndole que todo lo registrado en la mente se podía borrar y volver a escribir mediante un profundo control sobre el inconsciente, adecuándolo a algo que lo beneficiara .  Entonces volvieron a sugestionarlo y con todo su corazón, él tachó, borró y raspó esa fecha de su cerebro.

Todo esto había ocurrido dos años atrás y le paralizó tomar conciencia del poco tiempo que le quedaba si  la horrible grabación interna se cumplía y ahora, con esa radiografía ante su vista, no sabía que pensar.  Quizás no había eliminado realmente el mensaje,  a lo mejor nunca creyó que existiera  y le restó importancia. ¿O sería que en ese momento activó el mecanismo auto-destructivo en su organismo?  La coincidencia lo trastornaba.  De cualquier manera comprendió que la lógica solo lo ayudaría en una cosa:  si su mente había generado esto con su mente podría detenerlo.

Tenía 40 años y un diagnóstico de enfermedad progresiva en sus pulmones.  Se sometería a todo lo que la medicina convencional le propusiera, pero la batalla decisiva debería librarla el sólo en su plano mental. Luego de hablar con el médico negoció comenzar la quimioterapia al cabo de un mes; tomaría la medicación y volvería en treinta días a la cita con el especialista; para entonces estaría listo.

Partió con algunas mudas de ropa y un bagaje de libros, música, frutas frescas y secas al refugio que tenía en el campo, era imprescindible tener un intenso contacto con la naturaleza y consigo mismo.  Cada día, repitiendo una rutinaria terapia, se recostaba en la hierba y dejaba que el sol, esa estrella menor de la infinita galaxia, llenara su cuerpo de energía.  Se sometió a un acelerado proceso mental anti-estrés, anti-angustia,  anti-culpas y anti-odio; también de anti-reproches, anti-soberbia y anti-desgaste, y por último decidió necesario agregar anti-desamor, anti-venganza y anti-rencores.  Su sabiduría creció y todo iba encajando a la perfección, quedando atrás. En el futuro sólo cabía una nueva y mejor manera de ver la vida, y el presente era su base de operaciones.  La primavera se asomaba al lugar con la misma fuerza que su nueva realidad,  estaba cumpliendo el ciclo previsto por la naturaleza paso a paso y entregándose a su flujo.  La savia de todo lo que lo rodeaba corría por sus venas y su sangre circulaba por los vasos capilares de todo lo que  había a su alrededor y  al finalizar el mes había comprendido y aceptado la fuerza.

Pasaron cinco años y el campo lucía espléndido.  El jazmín despuntaba en turgentes pimpollos que se apoyaban contra la pared, el césped se veía fumigado de flores amarillas. Y él, erguido y manso de amor, interactuaba feliz con el paisaje a tal punto que no podía apreciarse donde terminaba su aura y donde comenzaba la naturaleza.  Había encontrado por fin su paz interior y  alcanzado su completa sanación.

                                                                                    

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