HISTORIAS...
QUE SE CONVIERTEN EN HISTORIETAS.
No
sé cómo, pero esa tarde aparecí en aquel lugar anónimo de Buenos Aires,
luego de “habérmelo caminado todo”. Era
uno de los tantos cafés que se desparraman por las avenidas de la ciudad, con
mesas sin manteles, vidrios no muy limpios y ventanas pequeñas por donde se
puede ver al invierno retirándose sin apuro. Me quité el abrigo y le pedí un
capuchino al mozo.
Ella
me llamó la atención en cuanto entré, quizás por su vestido colorido o por
los ojos claros que resaltaban misteriosos en su rostro bonito.
Cuando
llegó el café humeante y espumoso, me
apresuré a tomarlo. Dos sobres de
azúcar, un vaso con agua y la servilleta de papel.
Noté en su mesa el mismo equipaje que en la mía: agua y café.
Ella
fumaba despacio y no perdía detalle de lo que pasaba en el lugar; pensé que
vendría con frecuencia porque la saludaban a menudo. Yo dibujaba y garabateaba
en una servilleta las palabras deshilachadas que luego armarían mis mejores
poemas.
De a ratos ella se acomodaba coquetamente el cabello, a pesar de que lo lucía muy corto. Tendría entre 25 y 30 años y en su cara (no muy pintada) sólo la boca resaltaba con un importante carmín. Luego, el hombre al que seguramente esperaba llegó y se sentó en su mesa. Bebieron otro café y se marcharon sonriendo pero, para mi sorpresa, sin pagar la cuenta. Me quedé observando al mozo mientras levantaba las tazas pegajosas, para ver si notaba la travesura de la pareja, pero su mirada cómplice se posó en la mía llenándome de confusión.
No
entendí la mirada ni el mensaje y sólo atiné a preguntarme por qué no los
había detenido.
Las
mesas vacías se ocuparon y otras fueron quedando libres,
mientras tanto, yo continuaba articulando mi “pequeña obra maestra”
para impresionar a la editorial, que ya me había fijado un último plazo de
entrega. No sé cuanto tiempo
transcurrió pero al levantar la vista, ella estaba allí otra vez, fumando
lentamente frente a una nueva tasa de café.
La miré sorprendida y ella volteó la cara con desdén, e ignorándome,
se dedicó a mirar a la concurrencia hasta que otro hombre se sentó en su mesa.
A
esa altura, la escena captaba toda mi atención.
Simulé estar ensimismada en un soneto, mientras seguía la acción que
se desarrollaba en la mesa vecina. No llegué a oír la voz de ella, pues su
tono bajo y discreto era difícil de escuchar, pero la de su acompañante sonaba
fuerte y petulante, correspondiéndose perfectamente con su aspecto: alrededor
de 50 años, desaliñado y un tanto excedido de peso.
Ante
un descuido mío al ordenar otro capuchino, levanté la vista y ya no estaban
allí.
Decidí
esperar un poco, aunque ya no me encontraba a gusto; algo había cambiado en el
ambiente tornándose pesado, como la música, el humo y la gente que poco a poco
iba llenando la barra. Sólo yo
permanecía quieta y distante, sin poder concentrarme ahora en mi labor y
decidida a investigar un poco más, para satisfacer esa repentina curiosidad.
En el rato que siguió hice mil conjeturas. Seguramente lo que pensaba era una equivocación y me culpé sintiéndome perversa por incurrir en interpretaciones erróneas. Abrí otro paquete de cigarrillos y atribuí a una coincidencia todo lo presenciado. En eso estaba, cuando la vi aparecer nuevamente sola y ocupar la misma mesa. El mozo, de inmediato, le trajo un café y la llamó por su nombre.
Nos
miramos fijamente: ahora era yo quien había despertado su curiosidad. Me
“relojeó” de arriba a abajo midiéndome, quizás, como posible competidora,
sin sospechar siquiera el abismo que separaba nuestras vidas, los círculos tan
distintos en los que nos movíamos, la manera tan diferente que teníamos de
ganarnos el pan.
La
miré con algo de soberbia. Los ojos
claros que me habían parecido luminosos, ahora se me antojaron fríos y
calculadores; el llamativo vestido, un disfraz adecuado y la pose tristona, una
buena estrategia.
Me
encontré involucrándome y analizando su vida.
–“Seguro
que su trabajo le proporciona unos buenos mangos y tiene que “laburar”
fuerte antes de llegar a la edad de sus acompañantes, porque luego será
descartable” -pensé sin ninguna piedad.
Otro
hombre pasó por detrás de mi silla y se sentó justo frente a ella, que me sacó
la vista de encima para volver a sus negocios. Terminó el café, resolvió rápidamente
el trato y de inmediato se fueron.
En
aquel momento, me quedé sin voz, sin aliento, sin voluntad ni deseos; como si
me hubiera enfrentado a la legendaria medusa y estuviera petrificada.
Todas
las distancias cedieron y aquel infranqueable abismo que se extendía entre ella
y yo, desapareció uniendo las islas de nuestras vidas.
Los
círculos se superpusieron, las aristas se tocaron, las ideologías cayeron y mi
sentimiento de superioridad anterior se hizo añicos frente a una nueva
realidad. Amargamente, puentes invisibles y conexiones impensables ligaron mi
existencia a la suya.
Marita,
como la había llamado el mozo, se había ido con Carlos mi marido, actualmente
desocupado, quien esa mañana me pidió dinero para ir a una entrevista.